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Crónicas navarras de Fernando José Vaquero Oroquieta

Naturaleza de las organizaciones rosacruces.

¿Cuál es la naturaleza de las organizaciones rosacruces? ¿Existe algún tipo de vinculación con la masonería? ¿Cuál es su relación con el cristianismo? A estas preguntas pretende responder este artículo.

 

                A lo largo de esta mini-serie de textos estamos intentando aproximarnos al  fenómeno de las organizaciones rosacruces; entidades de ámbito internacional también operativas en España desde hace décadas y de perfil confuso, al presentarse en algunos casos como asociaciones de carácter cristiano. En los artículos anteriores hemos hablado de los orígenes míticos e históricos de estas órdenes esotéricas (número 56 de Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica), de sus organizaciones internacionales actuales (número 58) y de su presencia actual en España (número 59-60). En este cuarto y último texto, abordaremos su naturaleza, propósito al que bien puede colaborar el conocimiento de sus relaciones con la masonería. Cerraremos el artículo –y la serie- con una aproximación a la posición de la Iglesia católica ante estas organizaciones.

 

Naturaleza de las organizaciones rosacruces.

Según Juan Miguel Ganuza en su libro Las sectas nos invaden, los rosacruces serían un nuevo brote de la herejía gnóstica, a la que caracteriza de la siguiente manera: conjunto de doctrinas que, provistas de un ropaje científico y de alta especulación, se atribuía la clave de múltiples secretos humanos y divinos. Se trataba de una “Amalgama religioso – científica que tomó del Platonismo la concepción de las ideas, diversos principios ascéticos y un misticismo extraño y exagerado de características panteístas del neopitagorismo y neoplatonismo, las concepciones cosmogónicas de la India y Egipto junto con un cúmulo de ideas religiosas, y todo ello mezclado con ideas cristianas, como la Redención”.

Así, el gnóstico Carcoprates tenía algunas teorías coincidentes, en diversos sentidos, con las obediencias rosacruces. Carcoprates afirmaba que Jesús era hijo de José, naciendo como un hombre más. Por la resurrección se libera de su existencia anterior a través de un singular proceso de metempsicosis, triunfa de la muerte y del mundo y recobra al Padre. Este fenómeno puede repetirse en muchos mortales.

En el Diccionario de las Religiones, dirigido por el Cardenal Paul Poupard (Herder, Barcelona, 1987), se afirma que la rosacurz: “es menos una secta religiosa que un sincretismo de origen gnóstico y alquímico, de tipo iniciático, que propone una síntesis del conocimiento de la naturaleza, del secreto de las fuerzas cósmicas, del misterio del tiempo y del espacio, o de los poderes místicos de las religiones o sabidurías de Egipto, Babilonia, de Grecia y de Roma”. Según este texto, para los rosacruces, las enseñanzas de Jesús estaban dirigidas sólo a una minoría, lo que las Iglesias ocultaron, siendo ese pequeño número su único depositario. La tierra sería una “gran escuela” a la que el hombre retorna a través de la reencarnación. El saber se transmitiría de manera secreta y privada, siguiendo la tradición de los grandes iniciados. La astrología, la alquimia y otras disciplinas esotéricas serían muy importantes, formando buena parte de las enseñanzas rosacruces.

En todas las obediencias rosacruces encontramos –ya lo hemos visto en el primero de los artículos dedicados a estas entidades- una serie de elementos doctrinales  y estructurales comunes:

-          Un conjunto de creencias de base gnóstica, tal como hemos mencionado en los párrafos anteriores, y de desarrollo amplio.

-          Una concepción del cristianismo entendido como una religión exotérica destinada a las multitudes de fácil conformar espiritual y con una realidad oculta –esotérica- que sería, en buena medida, común a otras grandes religiones.

-          La creencia en la reencarnación.

-          La práctica de la alquimia, ya entendida en un sentido psicológico o espiritual o en su sentido físico tradicional.

-          Un cultivo de la astrología.

-          La práctica de diversas técnicas de autoayuda.

-          Una concepción panteísta.

-          Negación del carácter religioso de sus organizaciones (salvo excepciones), político o lucrativo.

-          La adquisición del conocimiento rosacruz mediante estudios, por correspondencia, y la participación en ceremonias iniciáticas estructuradas en grados de superación sucesiva y de forma casi automática.

-          La existencia, en el origen de cada orden, de un fundador carismático, privilegiado intermediario entre una elite humana y los planos o seres superiores de los que procede el verdadero conocimiento.

 

Su relación con la masonería.

En el periplo de los rosacruces, su relación con la masonería ocupa un espacio importante. Así, por ejemplo, en la versión de su historia proporcionada por la más numerosa y extendida de sus organizaciones en la actualidad, AMORC, ”la masonería no sería sino la organización nacida de Salomón, un rosacruz que no llegó a ser iniciado por completo”; versión no aceptada, evidentemente, por la masonería, y que carece de cualquier base histórica.

                Jean – Pierre Bayard en su libro La meta secreta de los rosacruces (Robin Book, Barcelona, 1991), asegura que “Los Manifiestos de la Rosacruz, creados o no por Andreae y sus amigos, han tenido una influencia espiritual sobre muchos grupos y, particularmente, sobre los de Inglaterra. Francis Bacon, con la Nova Atlantis, influenció y marcó las logias masónicas”. Afirma, por otra parte, que “Johann Gotthier, al publicar en 1804 su libro sobre los rosacruces, pensó que francmasones y rosacruces no eran sino un único grupo en su origen, que se separaron para propagar por una parte ideas filosóficas y filantrópicas en la masonería y, por otra parte, entre los rosacruces, para llevar a cabo investigaciones cabalísticas y alquímicas”. Y, más adelante, describe el ambiente intelectual en el que todo ello pudo producirse, pues “Igualmente hemos visto que el Siglo de las Luces se sintió atraído por el iluminismo y que aquellos focos permitieron la eclosión de la francmasonería, bien estructurada desde 1717. Esta orden no pudo sino permanecer atenta a toda creación de sociedades análogas y seguir la evolución de los círculos, atribuyendo siempre a la Rosacruz de Oro intenciones alquímicas”. Unos párrafos que consideramos, más allá de anécdotas, como sumamente aclaratorios.

                Los autores especializados en estas materias, como el arriba citado, enumeran y relatan numerosos círculos de inspiración rosacruz que adoptaron, desde principios del siglo XVIII, organización y ritos masónicos, tanto en Alemania, Rusia, Inglaterra, etc.

                Es importante observar que el grado 18 del Rito Escocés Antiguo y Aceptado, practicado en la mayoría de logias masónicas de todo el mundo, se denomina Gran Príncipe Rosa Cruz. En este grado se recogen diversos símbolos indudablemente rosacruces: el triple beso, el pelícano, el águila, barras de cera para lacrar…

La S.R.I.A. está compuesta exclusivamente, ya lo veíamos en el segundo de los artículos de esta serie, por masones, que conciben la “vía rosacruz” como una profundización más espiritual, incluso superior, en algunos aspectos, a la experimentada en la propia masonería.

En el caso concreto de la Orden Rosacruz, cuya sede mundial está en Las Palmas de Gran Canaria, los mandiles, de apariencia masónica a simple vista, la denominación de sus locales, “logias”, y las referencias al Gran o supremo Arquitecto del Universo; nos remiten, inevitablemente, a la masonería como inspiradora tanto formal como materialmente o, al menos, formando parte de un tronco común.

Manuel Guerra, en su extraordinario Diccionario enciclopédico de las sectas (BAC, Madrid, 1999,2ª edición) asegura que “Los grados de iniciación, el secreto, etc. del rosacrucismo deben atribuirse probablemente a influjo de la masonería”.

                Cuando algunas organizaciones rosacruces analizan sus diferencias con otras entidades igualmente denominadas, denuncian la mayor o menor influencia ejercida por la masonería en ellas. Es el caso de la Fraternidad Rosacruz de Max Heindel que, para diferenciarse de AMORC, recurre a la inspiración masónica de ésta última, cuando afirma que en ella el proceso de la iniciación reviste carácter masónico: se realiza en una logia, asisten oficiales de ceremonia, se sigue un ritual preciso, se emplean palabras de pase, se utilizan signos e instrucciones secretas… Por el contrario, los seguidores de Max Heindel experimentarían una iniciación personal, espiritual e íntima.

Pero donde puede encontrarse una gran fuente de inspiración para alguna de las actuales órdenes rosacruces, particularmente AMORC, es en la nebulosa masonería llamada egipcia, es decir, la seguidora de los ritos de Menfis, Misraim y Menfis-Misraim.

                Dicha masonería irregular no goza de buenas relaciones con las masonerías mayoritarias (la regular y la liberal), que la consideran como de carácter periférico e incluso “paramasónico”. Históricamente llegó a contar con un gran desarrollo y extensión (también en España), pero a finales del siglo XIX sufrió una grave crisis de la que no se ha repuesto. En la actualidad se encuentra fraccionada en múltiples obediencias y “logias salvajes”, con muy pocos seguidores en general, sufriendo periódicamente diversas “restauraciones” y escisiones. Precisamente de algunas entidades integrantes de la masonería egipcia, Spencer Lewis, fundador de AMORC, recibió algunas de las más importantes dignidades esotéricas que afirma llegó a poseer.  Así, obtuvo del Gran Hierofante Teodor Reuss, en 1921, los más altos grados en la masonería egipcia: en el Rito Escocés Antiguo y Primitivo (grado 33), en el Rito de Menphis (grado 90) y en el Rito de Misraim (grado 95). El fundador de AMORC, en su artículo titulado “Misticismo verdadero”, reproducido en la revista internacional de dicha orden, “El Rosacruz” de enero de 1950, asegura que: “Los Rosacruces (AMORC), como descendientes de los Esenios, que formaron parte de la escuela secreta cristiana, son probablemente los únicos que conservan e imparten la mayoría de esos secretos cristianos, ayudados por las actividades secretas de una o dos organizaciones semejantes, como la de los Caballeros del Temple en Europa y los ‘Hermanos del Traje Blanco’, que pertenecen a los antiguos Ritos de Memphis y Misraim”. Un texto de dudosa calidad literaria, impreciso en su terminología, pero que establece unas clarificadoras filiaciones.

                AMORC, en su texto Preguntas y respuestas rosacruces, afirma, además, que “En el siglo XVIII, la Orden de la Rosa-Cruz y la Francmasonería estaban muy relacionadas, lo que explica por qué uno de los más altos grados de la masonería lleva el nombre de ‘Caballero Rosa-Cruz´. Estas dos organizaciones son totalmente independientes entre sí, y por tanto, sus actividades también lo son. Ciertamente, hay numerosas personas que son al mismo tiempo rosacruces y masones, demostrando que no existen incompatibilidades entre estos dos movimientos”.

                Intentemos, como resumen, establecer algunas semejanzas y diferencias entre ambas corrientes, ya aclarado que el “humus” humano e intelectual eran comunes.

-          Semejanzas: ambas son órdenes (organizaciones jerarquizadas y estructuradas en grados); son entidades iniciáticas (se pasa de un grado a otro superior mediante ceremonias iniciáticas); son  grupos esotéricos (para una minoría, frente a las religiones exotéricas, propias de las mayorías); afirman remontarse a una remota antigüedad; poseen sistemas de signos, toques y palabras; realizan sus trabajos en logias dirigidas por venerables maestros; emplean mandiles; comparten numerosos principios filosóficos.

-          Diferencias: la masonería posee tres grados fundamentales (aprendiz, compañero y maestro), mientras que la rosacruz no los tiene; los sistemas de enseñanza son distintos (en la masonería es simbólica, en la rosacruz se realiza a través de monografías periódicas); en la rosacruz se escucha el discurso del maestro y se retiran, y en las tenidas masónicas, los asistentes exponen sus opiniones; en la rosacruz el ascenso de grado es automático, mientras que en la masonería el aspirante debe acreditar su preparación; el mandil rosacruz es triangular, por el contrario, en la masonería es cuadrangular; la masonería está enfocada a la simbología y la reflexión filosófica y social, y la rosacruz se encamina al desarrollo de las potencialidades de la persona, la alquimia y la astrología.

 

Su relación con el cristianismo.

                Todos los grupos rosacruces consideran a Jesucristo, al menos, como uno de los más grandes “iniciados” y maestros, afirmando alguna obediencia concreta (caso de Lectorium) que ha sido el mayor de todos ellos. Aseguran que sería la encarnación de seres superiores enviados a la humanidad para rescatarla de su desvío. Sin embargo, esa inicial visión amable de Jesucristo, absolutamente incompatible con la fe cristiana, conviene analizarla más de cerca. Inmediatamente, cualquiera de estos grupos incurre en uno de estos de dos juicios:

1)      Su doctrina no fue entendida mas que por un puñado de “iniciados”, quiénes la transmitieron de forma oculta a través de diversas organizaciones secretas (gnósticos, maniqueos, templarios, rosacruces). Es el caso de la Fraternidad Rosacruz de Max Heindel y también, con matices, de Lectorium Rosicrucianum, que propugnan ser el “verdadero cristianismo”.

2)       Hay que rescatar al verdadero Jesucristo, quien, a su juicio, sólo sería uno más de los grandes iniciados de todos los tiempos, incluso un “ser” procedente de otra dimensión con una compleja misión sólo transmitida a unos pocos privilegiados; mientras que millones de personas se han conformado con una religión distorsionada y esclavizante. Es el caso de AMORC y otros grupos.

Ambas posiciones reducen a Jesucristo a una mera abstracción, a una idea preconcebida accesible a unos pocos. Y ello, cuando no le se reduce a la categoría de los “grandes maestros”, ignorándose su filiación divina absolutamente original e inimaginable. Ambas posturas no pueden compatibilizarse, de manera alguna, con el Cristo de la Iglesia católica, que nos asegura puede transformar a cualquier hombre independientemente de su condición, formación y temperamento.

 

Posición de la Iglesia católica ante los grupos rosacruces.

Los rosacruces han preocupado especialmente a la Iglesia católica hispanoamericana, en cuyo territorio tales grupos han arraigado con especial intensidad, siendo el libro del CELAM Las sectas en América Latina (Editorial Claretiana, Buenos Aires, 1986) uno de los primeros textos católicos que le dedican un importante espacio crítico.

Por lo que respecta a textos y documentos oficiales de la jerarquía católica, o de otros organismos oficiales, pocos son los que, de forma expresa, mencionan a las órdenes rosacruces, analizando el contenido de sus doctrinas. Nosotros conocemos dos magníficos textos.

El primero de ellos es la Instrucción Pastoral, de noviembre de 1991, del Arzobispo de Miami, sobre el movimiento de la “Nueva Era”. Veamos, brevemente, su estructura y orientación. Después de explicar el sentido y contenidos de este movimiento, determina la radical incompatibilidad entre el mismo y la Iglesia, mencionando a los rosacruces dentro de su apéndice, donde relaciona conceptos, temas, intereses y organizaciones integrantes de este amplio movimiento sincrético y multiforme.

Posteriormente será el Arzobispo Primado de Méjico, Norberto Rivera Carrera, quien elaboró en 1996 una Instrucción Pastoral dedicada al estudio de la misma corriente, figurando en la misma los rosacruces como uno de los grupos precursores. Por ello, vamos a reproducir y resumir las líneas maestras de este esclarecedor documento, amplio, muy bien estructurado, escrito con lenguaje claro, atractivo y preciso, lo que no impide afrontar los retos planteados por la “new age” (Nueva Era, en español), llegando a reconocer algunos errores cometidos en el seno de la misma Iglesia ante estas asociaciones y corrientes.

El autor considera que nos situamos ante una “ola cultural/filosófica/religiosa” formada hace unos 35 años y que ha hecho sentir sus efectos en todos los aspectos de nuestras vidas. Se trataría, a su juicio, de un intento vano del hombre por salvarse a sí mismo, expresión de la nostalgia de una presunta “edad dorada” de la humanidad acrecentada por cierto espíritu milenarista. Para la “new age” el universo entero sería un todo vivo del que nosotros formaríamos parte.

Varios factores habrían facilitado tan rápida difusión: el proceso de globalización en los diversos campos del actuar humano, la agresiva comercialización de todos los aspectos de la vida del hombre de hoy, el destierro de la fe del horizonte del saber humano y, por último, la insaciable sed del hombre de una trascendencia y de la necesidad de sentido.

La “new age” no es una organización única, sino una misma mentalidad dotada de una enorme capacidad de comunicación muy fluida. Sin embargo, pese a la aparente multiformidad de las innumerables expresiones de esta corriente, compartirían una serie de creencias básicas:

1.        El ecologismo que, en su versión “profunda”, niega la diferencia de fondo entre la existencia humana y la no humana.

2.        El panteísmo. En parte derivado del anterior, se crea una especie de espiritualidad planetaria, perdiendo la noción de un Dios personal en favor de una fuerza divina que estaría presente en todo.

3.        El gnosticismo, también presente en todas las grandes tradiciones religiosas, sería expresión de la tendencia a exaltar a la razón humana, atribuyéndole poderes extraordinarios. En el caso del cristianismo, el gnosticismo pretendía que en la Sagrada Escritura existiría un mensaje escondido que sólo ciertas mentes iluminadas podrían descifrar. Múltiples agrupaciones encarnarían hoy día esta tendencia: la Sociedad Teosófica de Helena Blavatsky, la Antroposofía, la Gran Fraternidad Universal, las órdenes rosacruces, Nueva Acrópolis, etc. A juicio del autor, por lo tanto, las órdenes rosacruces se situarían entre las precursoras ideológicas de la “new age”, siendo todavía promotoras expresas de la misma. La masonería, con sus ritos, símbolos y ceremonias, también estaría muy relacionada de fondo con la gnosis. Todas estas corrientes, además, pretenden potenciar la voluntad y la capacidad humanas merced a supuestas fuerzas cósmicas secretas de las que serían celosas depositarias.

4.        La pseudo-ciencia. Esta corriente se afana por comprobar sus ideas y sus técnicas de forma presuntamente científica. Por ejemplo, pretenden borrar la frontera entre materia y espíritu, entre vida biológica y consciencia humana.

La Instrucción Pastoral continúa afirmando la incompatibilidad de la “new age” con el Evangelio, al ser la característica común más preocupante de esta corriente el relativismo religioso, espiritual y moral. Para la “new age” el hombre forma parte de un ser cósmico único que está en evolución hacia la perfecta conciencia de sí. La conciencia humana no sería sino el penúltimo estado evolutivo de la revelación de esa conciencia cósmica, siendo su destino el disolverse en el anonimato del ser. En este marco, muchos serían los “mesías” y “maestros aparecidos. Por lo tanto, la revelación de Dios en Jesucristo pierde su carácter singular.

Una de las ideas básicas de la “new age”, plenamente compartida por las diversas obediencias rosacruces, es la de la reencarnación, creencia totalmente irreconocible con la fe cristiana, siendo inconciliable con la revelación cristiana: “Si ése fuera el caso, Cristo habría tenido que morir muchas veces desde la creación del mundo. Pero el hecho es que ahora, en el final de los tiempos, Cristo ha aparecido una sola vez y para siempre, ofreciéndose a sí mismo en sacrificio para quitar el pecado. Y así como todos han de morir una sola vez y después vendrá el juicio, también Cristo ha sido ofrecido en sacrificio una sola vez para quitar los pecados de muchos” (Heb. 9, 26-28).

                El texto insiste en otros aspectos, particularmente cuando los promotores de la “new age” afirman la compatibilidad de su espiritualidad con la doctrina y fe católicas. El autor de la Instrucción hace propias unas palabras de Juan Pablo II escritas en su libro Cruzando el umbral de la esperanza, quien afirma que ”la “new age” no puede llevar a una renovación de la religión, pues sólo es un nuevo modo de practicar la gnosis”.

                Vamos a reproducir literalmente, por último, los elementos de la “new age” que, a modo de síntesis, ofrece el autor como más disconformes con el catolicismo y que, en mayor o menor medida, están presentes en las doctrinas y prácticas rosacruces:

“A. Despersonaliza al Dios de la revelación cristiana.

B. Desfigura la persona de Jesucristo, desvirtúa su misión y ridiculiza su sacrificio redentor.

C. Niega el evento irrepetible de su Resurrección por la doctrina de la reencarnación.

D. Vacía de su contenido a los conceptos cristianos de la creación y de la salvación.

E. Rechaza la autoridad magisterial de la Iglesia y su forma institucional.

F. Relativiza el contenido original, único e históricamente fundado del Evangelio.

G. Deforma el lenguaje, dando un nuevo sentido a términos bíblicos y cristianos.

H. Se apoya falsamente en los místicos cristianos y trastorna el sentido de sus escritos.

I. Diluye irremediablemente la práctica de la oración cristiana.

J. Descarta la responsabilidad moral de la persona humana y niega la existencia del pecado.

K. Desorienta a los niños y a los jóvenes en su formación religiosa.

L. Divide y explota económicamente a las familias cristianas”.

               

Conclusiones.

Es incuestionable, por todo ello, que las doctrinas de la “new age” y de los rosacruces, pioneros e impulsores, junto a otros muchos, de la misma, así como sus prácticas, son inconciliables con una pertenencia y una identidad netamente católicas.

Asumir unos principios excluye otros. Y aunque no exista una condena canónica expresa, como ocurrió en el caso de la masonería, es indudable que, pese a que las diversas obediencias rosacruces niegan tener un carácter religioso, sus principios son incompatibles. Una cosa no puede ser a la vez otra cosa distinta. No se puede creer que Jesucristo es Dios encarnado entre nosotros y, simultáneamente, que sólo sea uno más de los “grandes maestros de la humanidad”. No se puede creer en la reencarnación, y en la vida después de la muerte tal como nos enseña la Iglesia católica. El Evangelio es para todos los hombres o sólo un código cifrado para unos pocos.

Nos encontramos, por tanto, en una circunstancia ante la que no podemos ser indiferentes, que exige seriedad para afrontar la verdad de la propia vida. Cristo es la verdad encarnada del Padre y la Iglesia la posibilidad de encuentro y de una vida más humana para todos los hombres, sin que su condición o temperamento sean barrera para ello. Y ello es verdad también para mí, o nos entregamos a ilusorias empresas de búsqueda de mensajes, progresivamente oscuros y restringidos, que sólo pueden acarrear la mentira con el rechazo de la realidad.

                No pretendemos crear polémica por mero gusto, sino aclarar conceptos y realidades, proporcionando elementos de juicio que permitan afrontar la confusión que presentan estas entidades a muchas personas atraídas por esas corrientes pseudoespirituales de moda.

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 61, septiembre de 2002

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