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Crónicas navarras de Fernando José Vaquero Oroquieta

Líbano: el círculo de engaños de Elías Hobeika.

Líbano: el círculo de engaños de Elías Hobeika.

Más allá de las apariencias: datos para situar, en su contexto, el asesinato del ex ministro libanés Elías Hobeika. Un juicio diferente sobre un hecho pronto olvidado.

 

Círculo de engaños.

                La película franco – alemana de 1981 Die Fälschung (traducida en España como “Círculo de engaños”), dirigida por Volker Dchlöndorff, fue uno de los pocos films europeos con un argumentado centrado en la guerra del Líbano. La película recoge todos los tópicos en que incurrió, con ocasión del conflicto libanés, buena parte de la intelectualidad y de la clase política europeas, constituyendo un contundente ejemplo de esa ceguera determinada por la ideología. El actor Bruno Ganz encarna al protagonista de la cinta, un periodista que quiere conocer sobre el terreno la realidad de la guerra. Su guía será una alemana (a la que da vida la sugerente Hanna Schygulla) cuyo amante es uno de los líderes de Al Fatah. En la película se describe perfectamente, entre otros episodios, la masacre de un pueblo cristiano por agresores palestinos. Los milicianos cristianos, por su parte, son presentados, en otros momentos, como unos sanguinarios y arbitrarios administradores de la muerte. Pero, pese a ello, las posiciones políticas y morales “progresistas” y palestinas salen reforzadas. La película alcanza su clímax con el asalto de los falangistas cristianos al campamento palestino de Tell Az-Zaatar (12 de agosto de 1976). En este contexto de extrema violencia, el protagonista se verá atrapado en un círculo de engaños en el que toda apariencia (tanto social como personal) encubre duras realidades.

En otro tremendo círculo de engaños, pero éste ya real, que le ha costado la vida, también se vio envuelto el libanés Elías Hobeika. El jueves 24 de enero de 2002 un potente coche bomba acabó con su vida, la de su hijo y las de sus guardaespaldas. Todas las miradas se volvieron hacia el primer ministro israelí Ariel Sharon, presuntamente implicado, al igual que el propio Elías Hobeika, en las matanzas producidas en los campos de refugiados palestinos de Sabra y Chatila en el ya lejano 1982.

 

Un ex – ministro de Líbano asesinado: Elías Hobeika.

El día 14 de septiembre de 1982, buena parte de la plana mayor del principal partido político cristiano libanés, en el que también militaban musulmanes, el Khataeb (o Falange Libanesa), fue masacrada en un atentado que también costó la vida del recién electo presidente libanés Basir Gemayel, hijo de su fundador Pierre. Se pensó, inmediatamente, en una autoría palestina del atentado. Hasta su llegada masiva, especialmente a partir de su derrota militar en Jordania, Líbano había vivido una difícil convivencia basada en el complejo equilibrio de sus numerosas comunidades religiosas. Los palestinos lo rompieron al apoyar a los partidos mayoritariamente musulmanes, autocalificados de “progresistas”, creando, además, un “estado dentro del estado”. En ese clima de paroxismo y extrema violencia, a lo largo de los días 16 a 18 del mismo mes, se consumó la tragedia en Sabra y Chatila.

El entonces jovencísimo Elías Hobeika era responsable del servicio de inteligencia del Khataeb, encargado además del enlace con las tropas judías que habían invadido medio Líbano. Con poco más de 25 años tenía que enfrentarse con los experimentados servicios secretos operativos en la zona: de Israel (empeñados en acabar con Arafat y la resistencia palestina del sur de Líbano), de Siria (que buscaba la anexión del Líbano en aras del sueño baasista de la “Gran Siria”), de Irán (que intentaba exportar su revolución, empezando precisamente en Líbano), así como los de Irak, Francia, Estados Unidos, Unión Soviética, etc. Ya hemos dicho que se pensó, inicialmente, en los palestinos como probables responsables del brutal atentado, pero, con los datos existentes hoy día, sabemos que el comando autor fue sirio. Dirigido por el capitán Naysif, habría colocado 50 kilogramos de TNT, suficientes para destruir todo el edificio ocupado por el estado mayor del Khataeb en Achafrieh. La orden habría partido del teniente coronel Mohamed Ganen, jefe de operaciones del servicio de información sirio en Líbano.

De esta maquiavélica forma Siria inició la estrategia expansionista del dictador Hafed al Assad: neutralizando a la principal fuerza libanesa enemiga de sus planes y debilitando a todos los contendientes, al apoyarlos sucesiva y alternativamente.

 

Elías Hobeika en la encrucijada libanesa.

En esas dificilísimas circunstancias, Elías Hobeika tuvo mucho que ver con lo ocurrido en Sabra y Chatila, matanza en la que participaron –se afirmó en su día- milicianos de la brigada Damour, formada, entre otros, por supervivientes del pueblo homónimo, cuya población cristiana había sido masacrada por la resistencia palestina en los inicios de 1976.

No es absurdo pensar, en este contexto, en la existencia de intereses israelíes detrás del atentado; pues al parecer Hobeika estaba animado a declarar “todo lo que sabía”, había manifestado poco antes a una delegación belga. Pero también pudieran estar implicados algunos de sus ex camaradas a los que traicionó en 1985 al pasarse con armas y bagajes al campo pro - sirio, lo que supuso un gravísimo enfrentamiento interno dentro de las Fuerzas Libanesas (milicias cristianas unificadas) del que salió triunfante, en enero de 1986, su subordinado Samir Geagea (único “señor de la guerra” responsable, de lo sucedido en ese largo y trágico periodo de la historia libanesa, que permanece, desde hace 8 años, encarcelado). También los sirios han podido aprovechar la coyuntura para eliminar a un molesto testigo de sus manejos. Los fundamentalistas islámicos, por su parte, lo odiaban, al ser uno de sus más claros opositores. Y, no olvidemos que los palestinos juraron vengar a sus muertos: una promesa a tener muy en cuenta.

La juventud de Elías Hobeika transcurrió en plena guerra civil libanesa. De no haber vivido en esas circunstancias, bien habría podido llegar a ser un tiburón de los negocios en la entonces “Suiza de Oriente Medio”, o un personaje relevante de la jet set local.

Inteligente, carismático, frío, implacable; no le faltó nunca un agudo olfato político, lo que pudo explicar, al menos en parte, su radical cambio de bando en 1985. Hasta tal punto era así que, para un sector nada desdeñable de la comunidad cristiana libanesa, Hobeika fue un “paraguas”, un interlocutor válido frente al todopoderoso “gendarme” sirio, hasta que también su estrella política dejó de brillar. No en vano, llegó a ser ministro en tres gobiernos de la reconstrucción, bajo la siempre atenta mirada del ocupante sirio que, recordemos, allí sigue…

 

Una antiquísima comunidad cristiana en peligro de desaparición.

En cualquier caso, Elías Hobeika permanecerá, al margen de sorpresas futuras, fatalmente unido a las incalificables matanzas de Sabra y Chatila. Sin embargo, éstas, injustificables en cualquier caso, parecen ocultar los sufrimientos de los cristianos de Líbano a lo largo de esa larga y terrible guerra que, casi, acarreó su desaparición como comunidad, una de las más antiguas de la cristiandad. No deja de ser paradójico que el país de Oriente Medio con un régimen democrático más homologable a los occidentales fuera Líbano; precisamente cuando los cristianos eran allí, todavía, mayoría. Hagamos un rápido balance de lo que supuso para aquélla (compuesta por poco más de un millón de personas), de fríos números que, sin duda, hacen estremecer:

-          53.000 muertos (90 % civiles).

-          670.000 desplazados (el número de los equivalentes musulmanes fue de 157.000, lo que parece significativo).

-          375 iglesias destruidas.

-           45 conventos destruidos y saqueados.

-           17 sedes episcopales arrasadas.

-          400.000 emigrados al extranjero.

-          Dos centenares de hospitales y colegios católicos destruidos.

Como en todas las guerras, ha sido el pueblo del Líbano, en su conjunto, el gran perdedor de ese terrible conflicto; en el que las potencias regionales (especialmente Siria, Israel, pero también Irán e Irak) intervinieron y manipularon a su antojo. Y con ese sufrimiento, que no es patrimonio exclusivo de ninguna de las comunidades libanesas, se esfumó el sueño de un Líbano unido, moderno e independiente, acariciado, entre otros, por el partido Khataeb y las criminalizadas Fuerzas Libanesas.

La “progresía” europea también tiene su gran parcela de responsabilidad. Apoyó, sin fisuras, a los partidos autocalificados “progresistas”, pese a que esa denominación encubría, casi exclusivamente, intereses de grupo y clientelas políticas de señores cuasi feudales… nada progresistas. Pudieron impulsar una solución imaginativa y alternativa en aras de la unidad, aconfesionalidad, democracia e independencia libanesas, por encima de fáciles etiquetas. Pero fueron presa de los tópicos derivados de sus prejuicios ideológicos sin considerar las funestas consecuencias, de ello, para las personas concretas.

Esa perplejidad y miopía políticas, que tan bien refleja la película con la que iniciamos este artículo, si se analizan a la luz de los hechos acaecidos realmente, tuvieron un gran peso en el largo conflicto libanés; siendo su mayor beneficiario el “gran hermano” sirio.

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 54, febrero de 2002.

Revista E-cristians, Nº de 4 de julio de 2002.

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