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Crónicas navarras de Fernando José Vaquero Oroquieta

Aproximaciones al carlismo: el movimiento de un pueblo católico por su rey.

      ¿Cómo definir al carlismo? ¿cómo explicar su, aparentemente, rápido declive y casi absoluta desaparición?. En este breve ensayo, a partir de algunos recuerdos personales, se realiza una aproximación a la cuestión, apuntando hacia algunos elementos de una teoría explicativa de todo ello.

 

Montejurra 2001.

                El domingo 6 de mayo de 2001, unos pocos cientos de personas se concentraron, convocados por el Partido Carlista, en recuerdo y homenaje de las dos víctimas mortales de los sucesos de Montejurra del año 1976. Hechos, recordaremos, todavía no esclarecidos en su totalidad y de los que “actores” políticos muy diversos obtuvieron beneficios: desde la aparente y definitiva superación de un pleito dinástico centenario, hasta la captación de “cuadros” y electorado por parte de algunos partidos.

                De nuevo, la ladera de Montejurra fue testigo de la presencia de boinas rojas. ¡Qué lejos queda aquel año de 1974 en que 40.000 personas se concentraron allí en torno a su abanderado, Carlos Hugo, y sus hermanas!

                Besos, abrazos, reencuentros, alegría...

                Se observaba un buen ambiente entre los asistentes, también mucha nostalgia y algo de tristeza.

                No parecía realista que aquellos envejecidos carlistas pudieran ser la vanguardia de un futuro prometedor, sino, al contrario, el movimiento residual de un cuerpo que fue fuerte, heroico, noble, generoso.

                Allí tuvimos la oportunidad de encontrarnos, de nuevo, con Javier, escritor y editor, compañero madrileño en compromisos políticos de nuestra juventud en una trinchera distinta de la carlista.

                También reencontramos a Pepita, madrileña de formidable personalidad y enorme cultura carlista.

                Cuando comentamos a alguno de los presentes que habíamos conocido, recientemente, a algunos jóvenes carlistas – tradicionalistas, de indudables cualidades, nos contestaron: “sí, eso me han dicho, pero...”

                En este artículo no vamos a tomar postura sobre la legitimidad de ninguna de las dos corrientes del carlismo actual. Ni lo pretendemos, ni estamos cualificados para ello.

                Pero, siendo ambas expresión actual de un movimiento popular extraordinario, fundamental para la historia de España, hemos querido reflexionar en torno al mismo, buscando algunas claves que nos permitan comprender mejor una historia de la que todos los españoles somos, en alguna medida, tributarios.

                Para la historiografía dominante, el carlismo ha sido un movimiento contrarrevolucionario orientado hacia la guerra civil. Con resultados contradictorios con el planteamiento ideológico y apriorístico anterior, un grupo de jóvenes historiadores, a los que encontramos en gran medida en torno a la revista de historia contemporánea APORTES, viene realizando diversas investigaciones de consecuencias sorprendentes.

                Pero ese prejuicio lo encontramos, también, en ámbitos de la Iglesia, que ignoran, con su silencio, que fueron carlistas muchos de los alumnos aventajados de la, en su día, novedosa Doctrina Social católica de León XIII, lo que se concretó en sindicatos, cooperativas, editoriales, mutualidades y obras sociales de variado signo y alcance. Y ello sin olvidar que un grupo significativo de los “mártires de la guerra civil española”, beafitificados en los últimos años, eran carlistas.

 

Recuerdos de familia.

En ese domingo 6 de mayo, que hemos invocado al inicio de este breve artículo, era inevitable nos afloraran antiguos recuerdos, imágenes del Montejurra de 1975. Con 14 años recién cumplidos acudimos, con parte de nuestra familia, a las laderas de Ayegui. Una larga fila de boinas rojas serpenteaba por el Vía Crucis del Montejurra. Ascendimos después hasta la cumbre por el camino y, después, a comer a Estella. Aquel espectáculo nos fascinó. Muchísima gente joven viviendo un espíritu común. Sin apenas entender lo que aquello implicaba, sentíamos la fuerza y el atractivo de una compañía humana que compartía unos ideales y un modo de vida.

Pero son bastantes más los recuerdos que traen a nuestra memoria el carlismo.

Nuestra madre narró, en varias ocasiones, sus remotos recuerdos de aquel lejano julio de 1936. Varios camiones recorrían el navarro Valle de Ollo, cargando con los voluntarios requetés que partían hacía Pamplona con sus boinas rojas. Uno de ellos era nuestro tío, Iluminado Oroquieta, quien en una de sus cartas narraba cómo la Virgen del Pilar había obrado un milagro al impedir que explotaran unas bombas. Desapareció en el frente de Aragón y nunca se llegó a saber con certeza que fue de él. Su nombre figura entre los miles recogidos en el “Monumento de Navarra a sus muertos en la Cruzada” de Pamplona.

Algunos años después nos preguntó, angustiada, si era cierto que los nacionales habían realizado tantos fusilamientos en Navarra, tal como una señora del barrio le había asegurado. Ante la respuesta, su reacción fue: “Pero entonces, mi hermano... ¡él luchó en el frente!”.

A primera hora de una tarde de primavera de 1974 arrojaron una enorme cantidad de panfletos en el patio del Colegio de los Hermanos Maristas de Pamplona, donde cursábamos estudios, firmados por el Partido Carlista. “¡Ha sido M...!”, proclamaron algunos; pero no podíamos entender que M…, un chaval de 13, años pudiera dedicarse a aquellas labores. Con los años él mismo, ya decepcionado por el partido, nos confirmó su participación

En 1975 depositaron, con destino a la venta, una veintena de ejemplares del libro de Felio A. Vilarubias “El carlismo en el ser de España”, en la librería de nuestro padre, situada en el segundo ensanche pamplonés. “Se venderá muy bien”, le dijeron. Pero, por el contrario, el libro apenas tuvo aceptación; tal vez un indicio de que Navarra había perdido ya buena parte de su identidad carlista. Sin embargo, la lectura de ese texto nos descubrió una historia formidable, apasionante, heroica. Especialmente conmovedores eran los testimonios recogidos, escritos a modo de brevísimos testamentos espirituales, por un grupo de carlistas catalanes, quiénes los habían redactado poco antes de ser fusilados, en nuestra última guerra civil.

Un par de años después, conocimos a otro carlista de Carlos Hugo en el Instituto Ximénez de Rada, así como a algunos tradicionalistas jóvenes vinculados a la Agrupación de Juventudes Tradicionalistas (AJT) y a Regencia Nacional Carlista de Estella (RENACE). Pero, en cualquier caso, tratándose de la carlista Navarra, parecían muy pocos en número, mientras que otros grupos políticos (desde Fuerza Nueva a los incipientes grupos abertzales) tenían muchos seguidores en ese centro escolar. Prácticamente, hoy día, ninguno de ellos persiste en sus ideales de antaño.

 

 

 

Dos testimonios sobre el carlismo.

                El navarro Gregorio Monreal, catedrático de Historia del Derecho en la Universidad Pública de Navarra, y antiguo rector de la del País Vasco, en una larga entrevista publicada en la revista ”Hika”, que edita el entorno de Zutik (antiguas LCR y MCE), realizaba la siguiente reflexión sobre el carlismo que vivió su familia: “… Y te voy a poner un ejemplo que saco de mi propio entorno familiar, en concreto del de mi madre, procedente del valle de Yerri, sancta sanctorum del carlismo. Esa familia, que no había tenido nunca relación con la cultura liberal, se ha dividido casi al 50% entre UPN y HB.”

                Por su parte, el escritor navarro Miguel Sánchez – Ostiz, Premio Príncipe de Viana 2001 de la cultura, respondía el día 1 de julio de 2001 de la siguiente manera a la pregunta “¿por qué rescata el carlismo?”, a un periodista de “Diario de Navarra”: “Fundamentalmente por que está en la raíz de nuestro presente. Me resulta muy enigmático que el movimiento carlista, que ensangrentó estas tierras durante 150 años, que está en el origen de la última Guerra Civil, que todas las secuelas que dejó en Navarra de desdichas familiares, ruinas económicas, la emigración a América que provocó… Que todo eso, en una mañana, la del 9 de mayo de 1976 en Montejurra, dejase al carlismo herido de muerte, es un asunto muy enigmático. ¿A donde fue toda esa masa de gente que en los años 60 acudía a Montejurra por miles? Hay que ver que ha habido un trasvase, estimo, tanto hacia el socialismo, como hacia Herri Batasuna”. Y, de nuevo, pregunta el periodista: “¿Y ese trasvase fue por miedo?”. A lo que responde: “No. Qué va. No tiene nada que ver con el miedo. Puede que fuera una ideología que tuviera muy poco futuro en un mundo que ha cambiado tanto. La trama social de Navarra ha cambiado horrores. No sé si la ideología carlista, por muy estimable que sea, puede seducir a la gente”.

                El llamado “carlismo sociológico” ha desaparecido, aparentemente. No obstante, encontramos a antiguos carlistas –o hijos de carlistas- en todo el espectro político navarro, tanto en sus bases, como en sus niveles dirigentes. De hecho, algunos cualificados representes de la política navarra se pueden incluir en esta categoría. Recordemos, a título simplemente de ejemplo, a Tajadura, dirigente de la izquierda del PSOE, Jaime Ignacio del Burgo (UPN), Florencio Aoiz Monreal (de familia carlista de Tafalla y dirigente de Batasuna), Juan Cruz Alli (líder de Convergencia de Demócratas de Navarra, expresidente del Gobierno de Navarra), y tantos otros.

                ¿Con qué criterio se adscribieron antiguos carlistas a unas u otras fuerzas políticas más “actuales”? Aquéllos de acentuadas convicciones navarristas engrosaron las filas de UPN. No en vano, hoy día, en algunas zonas del norte de Navarra, la base de este partido es básicamente gente de edad de antigua pertenencia carlista. Por contra, muchos jóvenes, de la etapa final del carlismo “socialista”, pasaron a Herri Batasuna. Algunos otros engrosaron, explicable por el sentimiento social del carlismo, las filas del PSOE y otros partidos a su izquierda.

 

El movimiento carlista.

                ¿Cómo podemos definir, entonces, al carlismo?

                La respuesta es importante, pues puede proporcionarnos pistas fundamentales para entender su aparente y brusca desaparición.

                La historiadora Aurora Villanueva, autora del libro “El carlismo navarro durante el primer franquismo” (Actas, Madrid, 1998), caracteriza al carlismo de la siguiente manera: “Configurado políticamente en torno a unas fidelidades personales –al pretendiente y su dinastía-, el carlismo constituiría la seña de identificación de aquellos que, en el universo individualista característico del sistema político y cultural liberal, participaban de una visión tradicionalista de la vida y del mundo. Una `comunión´ de personas amasada a lo largo de la historia sobre el eje de la lealtad a unas ideas y una dinastía” (página 531). Fidelidad, por lo tanto, a la legitimidad dinástica y a un preciso ideario; ambos elementos en perfecta simbiosis.

                El prolífico historiador Josep Carles Clemente considera, en su abundante bibliografía, que el carlismo era, además, un movimiento popular y de protesta. Originado en el legitimismo español del siglo XIX, contendría, a su juicio, indudables elementos ideológicos modernos (desde nuestro punto de vista, herencia del cristianismo): federalismo, profundas aspiraciones sociales, sentido de la protesta. Las relaciones de este pueblo con sus líderes casi nunca habrían sido ejemplares, aunque en general, los máximos abanderados del carlismo sí habrían respondido a los anhelos de su pueblo. Tradicionalismo, integrismo, franco-juanismo, habrían sido, opina el citado historiador, tendencias ideológicas insertadas posteriormente en el carlismo, pero con intencionalidad instrumentalizadora de ese generoso movimiento, que no respondían al sentimiento general de la base. Sería con Carlos Hugo cuando el pueblo carlista habría alcanzado el grado mas alto de fusión con sus líderes naturales, ya despojados de los elementos distorsionadores; lo que no impidió su espantada con ocasión del fracaso electoral del partido en 1979. En consecuencia, para este autor, los carlistas concentrados el pasado 6 de mayo serían los últimos y directos representantes de ese “pueblo en marcha” que recorrió buena parte de los siglos XIX y XX.

                Los autores tradicionalistas, por su parte, proporcionan una perspectiva distinta. Consideran que la rápida evolución ideológica, de la Comunión hacia el socialismo autogestionario y federalista del Partido Carlista, fue forzada y “contra natura”. Dicha transformación, impulsada por un reducido grupo de líderes y “cuadros”, que se sirvieron del instrumento de los “cursillos”, empeñados en una “modernización” a toda costa, les habría llevado a la trinchera contraria, lo que provocó –o aceleró- la desarticulación de ese pueblo o, por lo menos, del llamado “carlismo sociológico”.

                Para algunos de esos autores, y para la actual Comunión Tradicionalista Carlista, ésta sería la agrupación heredera de ese carlismo extraordinario que ha asombrado a propios y extraños.

                En cualquier caso, ¿cómo es posible que un movimiento político popular, centenario, vigoroso, que atravesó pruebas tremendas, desapareciera casi de golpe?

                Ya hemos mencionado que la historiadora Aurora Villanueva describe al carlismo como un fenómeno político, sociológico e ideológico. Paradójicamente, fue en los periodos liberales de la historia reciente de España cuando el carlismo pudo expresarse y desarrollarse. Describe, documentadamente, el agónico proceso de desintegración que sufrió, en Navarra, un carlismo que no supo adaptarse a la semiclandestinidad en que el régimen de Franco le colocó, después de volcar todas sus fuerzas en la guerra civil. Por otra parte, las convicciones religiosas y semitradicionalistas del régimen pudieron contribuir a la desmovilización de importantes sectores del carlismo, que se sintieron cómodos en el mismo. En ese ambiente, el carlismo sufrió nuevas fracturas: falcondismo, carlosoctavismo, juanismo… Analizando los hechos descritos en este libro, vemos que la suerte del carlismo se la jugaron unas pocas decenas de protagonistas, en lo que a Navarra -la “Israel del carlismo”- se refiere, permaneciendo en buena medida ajena a todo ello su masa popular, acomodada a un régimen que afirmaba, al menos sobre el papel, buena parte de sus principios. Mientras tanto, la sociedad evolucionaba, se iniciaba el éxodo del campo a la ciudad, disminuía la influencia del clero rural (muy implicado, como en el caso de Navarra, en el sostenimiento del carlismo), la familia tradicional iniciaba una lenta pero imparable transformación, nuevos aires soplaban en el seno de la Iglesia, etc.

 

Una hipótesis

                De unos amigos vizcaínos, de raíces carlistas, procede la siguiente reflexión relativa a la naturaleza de este fenómeno histórico. El carlismo, a su juicio, era, más que nada, “el movimiento de un pueblo católico por su rey”. Y su crisis no puede separarse de la crisis general de España y de la propia Iglesia católica.

                A su juicio, el tradicionalismo y, posteriormente, el socialismo carlista de los años 70, no habrían sido sino intentos de ideologización de un movimiento ya en crisis. Difuminado el liderazgo y atractivo del “rey legítimo”, cuestionada en sus fundamentos la “unidad católica” como sustentadora de España a raíz de las nuevas corrientes impulsadas a partir del Vaticano II, atomizado y dispersado en consecuencia su pueblo; persisten, todavía hoy, algunas familias y personas de profundas convicciones ideológicas. Por el contrario, buena parte del antiguo pueblo carlista se diluyó, con mayor o menor convicción, en las filas de otras fuerzas políticas que consideraron más afines a su sensibilidad.

                Avanzando en esta hipótesis, debe afirmarse, ante todo, la profunda religiosidad del movimiento carlista; mientras que otros componentes doctrinales, aparte de la dinámica de esa relación pueblo – rey, serían ingredientes ideológicos accidentales.

Francisco Javier Caspistegui Gorasurreta en su libro “El naufragio de las ortodoxias, el carlismo, 1962 - 1977” (EUNSA, Pamplona, 1997) explica cómo el impacto de las nuevas corrientes teológicas derivadas del Vaticano II fueron determinantes en la rapidísima evolución ideológica experimentada por el carlismo en las décadas de los 60 y 70. La transformación de algunos movimientos eclesiales hacia posturas de izquierda transformadora radical afectó también a algunos hombres del carlismo. Ejemplifica tal hipótesis en la trayectoria de dos personas: Antonio Izal Montero (carlista navarro que asumió con pasión las nuevas corrientes de la Iglesia) y Alfonso Carlos Comín (figura paradigmática del progresismo católico catalán de los años 60 y de gran influencia en determinados ambientes intelectuales “comprometidos”, hijo de un dirigente carlista aragonés).

                Así en la página 46 del citado texto se recoge el siguiente párrafo que nos permitimos reproducir por su significación: “El carlismo no iba a ser una excepción en este ambiente de cambio, máxime tratándose de un movimiento cuya estructura social marcadamente diferenciada entre dirigentes y dirigidos, iba a hacer que su amplia y poco ideologizada base aceptase con rapidez las transformaciones que iban introduciéndose en la variable sociedad española del momento. Además, la debilidad de estructuras ideológicas hacía que lo que hubiese de político en sentido doctrinal se diluyese en el mucho más pujante carlismo sociológico, más presto a los cambios ante influjos diversos, poco condicionado por los escasos esquemas doctrinales existentes en el carlismo, aunque sin dejar de lado las posibilidades que una doctrina como la carlista –pese a sus limitaciones- ofrecía para la renovación, insistiendo en un rechazo al inmovilismo como tal…”

Por lo que respecta al vehículo de la transformación ideológica operada, en sus páginas 52 y 53 lo concreta de la siguiente manera: “A través de él (lo religioso) iba a hacer acto de presencia un elemento que, poco a poco, de forma real o imaginaria, como mito de lo disolvente o como efecto de una realidad cambiante, se adueñó de las obsesiones e ilusiones de buena parte del carlismo, contribuyendo de manera importante a la aceleración de los cambios en él. El mito del progresismo iba a introducirse en el carlismo, utilizado como excusa para la crítica o como vía para la reforma.

                Este progresismo de raíz religiosa iba muy unido al proceso de puesta al día que afrontaba la Iglesia desde el comienzo del pontificado de Juan XXIII”.

                Los años de regencia fueron críticos para el carlismo, a lo que se sumó la semiclandestinidad de la Comunión y la despolitización del régimen franquista. Pese a ello, la figura de D. Javier de Borbón – Parma siguió concitando buena parte de las adhesiones de las “primeras figuras” del carlismo, aunque se produjeron algunas defecciones críticas importantes, caso del que fuera Jefe Regional de Cataluña e impulsor, posteriormente, de la Regencia de Estella Mauricio Sivatte. Pero esa adhesión se rompe progresivamente, a lo largo de los años 60, con la salida de más figuras significativas de la Comunión, al considerar que el carlismo sufría una transformación ideológica inadmisible.

                Un dato concreto avala esa religiosidad fundamental del movimiento carlista: todavía hoy, buena parte de las vocaciones al sacerdocio surgidas en los últimos años en Navarra, así como a la vida contemplativa, lo han sido en el seno de familias carlistas. Familias que han sabido transmitir el legado carlista, parejo a su profunda e indudable experiencia católica.

                Volvamos a nuestra tesis. Conforme a esta concepción del carlismo, habría que diferenciar tres elementos humanos, estructurales consustanciales, que lo integrarían: el pueblo, los líderes, el rey.

                La sintonía pueblo – rey habría sido, en general, magnífica. Pero la continuidad dinástica se interrumpe en 1936 a raíz de la muerte de Don Alfonso Carlos de Borbón Austria – Este, estableciéndose una regencia. Este nuevo periodo histórico del carlismo, iniciado en plena guerra civil, coincidiendo con el esfuerzo militar que absorbió todas sus energías durante esos vitales años, se prolonga hasta el llamado “Acto de Barcelona” (31 de mayo de 1952). De esta forma, y en pleno franquismo, se produjo la asunción del caudillaje monárquico de la Comunión, ante su Consejo Nacional, por el hasta entonces regente Don Javier de Borbón – Parma, padre de Don Hugo Carlos (más tarde Carlos Hugo), después de muchas dudas y vacilaciones.

Esa interrupción en la continuidad de la “dinastía legítima” coincidió, en el tiempo, con la desmovilización de buena parte de las masas carlistas, posterior al término de la guerra civil, con una Comunión Tradicionalista ilegal. En este sentido, Aurora Villanueva proporciona algunas claves de sumo interés. Así, en la página 536 del referido libro afirma: “Y es que ambos, carlismo y franquismo, procedían del mismo universo mental: el tradicionalismo cultural de finales del siglo XIX y principios del XX. De ahí que el esfuerzo de los líderes carlistas por mantener diferenciado orgánicamente al carlismo alcanzase tan sólo a los sectores de militantes más politizados, mientras que las bases, del carlismo sociológico, encontraban fácil acomodo en el régimen de Franco. Quizás aquí resida la razón última de la pérdida de señas de identidad carlistas durante el régimen franquista”.

La reactivación del carlismo con un nuevo pretendiente a la cabeza (D. Javier), y años después con un proyecto político diferenciado ya en abierta oposición al franquismo, tras unos años de reconciliación con el régimen, coincide con el proceso de transformación social operado en España y los cambios de la Iglesia católica. Todo ello impulsó la rápida evolución ideológica del carlismo (rectificación o definición, lo denominaron sus impulsores), que supuso el progresivo apartamiento de sus elementos inequívocamente tradicionalistas, ante el desconcierto de buena parte de la base de ese pueblo en desintegración.

El papel de los líderes habría que cuestionarlo en mayor medida; la historia nos recuerda múltiples disensiones, escisiones, cambios de estrategia, expulsiones, cambio de partido, etc., protagonizados por muchos de ellos. Todo ello fracasó, siendo, por contra, polo de atracción del pueblo carlista la concreta persona del abanderado que encarnaba la continuidad de la dinastía legítima y la autopercepción de las Españas.

                Resumamos. La sintonía pueblo – rey, base del movimiento histórico carlista, se rompe por un conjunto de causas:

1)       Por factores estructurales internos de la propia realidad carlista (la interrupción dinástica, las fluctuantes relaciones con el franquismo, y la renovación de sus elites).

2)       Por novedades doctrinales externas que afectaron, de forma determinante, al “corpus” ideológico carlista (nuevas corrientes teológicas desarrolladas en la Iglesia a partir del Vaticano II, que cuestionaron un principio básico carlista como es el de la “unidad católica” de España).

3)       Por factores externos derivados de la dinámica social histórica en la que se desenvuelve ese pueblo concreto (los profundos cambios que transformaron España, pasando de una sociedad en general rural a otra industrial con la consiguiente desaparición de un clero rural carlista influyente; la progresiva desarticulación de la familia tradicional en aras de un modelo de familiar nuclear mucho más individualista, conforme patrones sociales procedentes de las llamadas sociedades “avanzadas”; el impacto cotidiano de las ideologías del “68”; la incidencia del consumismo y el individualismo de la sociedad postmoderna y postindustrial).

Todos estos complejos factores confluyeron simultáneamente sobre el pueblo carlista, determinando que la familia, principal custodia del carlismo durante varias generaciones, no fuera capaz de transmitir, salvo contadas excepciones, su legado; como tampoco fue capaz de comunicar una experiencia religiosa atractiva en muchos casos.

 

Algunas conclusiones.

                Hoy día ¿queda algo vivo del carlismo? De forma organizada, sobreviven dos pequeños grupos: el Partido Carlista (último representante del carlismo socialista, federalista y autogestionario) y la refundada Comunión Tradicionalista Carlista (no olvidemos, por otra parte, la existencia de algunos grupos tradicionalistas fuera de la disciplina de la CTC: AJT y los grupos juveniles estructurados en torno al Círculo Carlista San Mateo de Madrid).

Sociológicamente, por otra parte, podría entenderse que algunos tics de la mentalidad navarra en particular, se encuentran íntimamente entrelazados con el carlismo sociológico: sentido de grupo, gusto por lo propio, generosidad y entrega personal, apego a las tradiciones, espontaneidad, sustrato religioso…

Si embargo, en las nuevas generaciones navarras, salvo contadas excepciones, encontramos un pasmoso desconocimiento de la historia y gesta carlistas de sus padres y abuelos.

                En la dinámica de las relaciones humanas, la presencia y compañía generada por unas personas excepcionales, puede materializar, por el atractivo que es capaz de transmitir entre los hombres y a lo largo del tiempo, un movimiento que atraviese un periodo histórico. Esa dinámica elemental está presente y operativa en la transmisión del catolicismo (que cuenta, además, con el concurso determinante y esperanzador del Espíritu Santo); y también lo ha estado en la historia del carlismo.

                No pretendemos polemizar por placer. Pero, ante un fenómeno excepcional que todavía nos “toca”, como es el del carlismo, desde una perspectiva de pertenencia católica, creemos que es posible emitir un juicio cultural que nos permita comprender la realidad actual y, merced a ello, afrontar de forma realista el futuro.

Reflexionando sobre la gesta popular del carlismo, y analizando su peso en la historia de España y de Navarra, no podemos menos que sentirnos agradecidos a todos esos carlistas que lucharon de forma consecuente con sus ideales. Incluso podemos llegar a afirmar que, en buena medida, gracias a ellos, nuestra concreta tradición histórica y religiosa (el catolicismo) nos ha llegado hasta nuestros días de una forma viva, reconocible y tangible. Se trata, en definitiva, de un precioso legado para los navarros de hoy y todos los demás españoles.

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 54, febrero de 2002.

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