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Crónicas navarras de Fernando José Vaquero Oroquieta

El ocaso de los falsarios: argumentos para desenmascarar al nacionalismo vasco.

El último libro del político navarro Jaime Ignacio del Burgo denuncia los tópicos nacionalistas, descubriendo la falsedad histórica sobre la que se basa el discurso separatista vasco.

 

Un nuevo libro de Jaime Ignacio del Burgo.
            Jaime Ignacio del Burgo es un político navarro, de convicciones democristianas, al que la actual Navarra debe mucho. Sin su aportación a la actividad política durante la transición, junto a la de otros políticos como Jesús Aizpún, es posible que Navarra no disfrutara de su actual situación.
            Político en activo, autor de numerosos libros, experto en Derecho Foral navarro y articulista prolífico, nos ha sorprendido con este nuevo libro, en el mercado gracias a su hijo Jaime Arturo, impulsor de la nueva editorial Laocoonte.
            Espoleado por el ¡Basta ya! de la sociedad vasca, manifestado en el verano del 2000, quiere denunciar en este libro las falsedades de la propaganda nacionalista vasca, difundidas desde hace más de 100 años, especialmente a partir de Sabino Arana, al que descubrirá en algunos de sus textos más emblemáticos como una persona dogmática, intolerante y racista.

 

La estructura del libro.
            El libro llega a las 196 páginas, de densa lectura y magnífica presentación.
            A la breve introducción le siguen seis capítulos.
Arzallus o la reencarnación de Sabino Arana es el primero de ellos. El paralelismo es sugerente: etnocentrismo lindante con el racismo, radicalismo, verborrea exagerada, orígenes familiares carlistas, etc. Sin embargo, desconcierta que Sabino Arana fundara al final de sus días una Liga de Vascos Españolistas cuya intención era defender la autonomía vasca dentro de la unidad española. Su sinceridad es dudosa, pero es un hecho que los nacionalistas olvidan. Otra paradoja es que sus obras completas no se encuentran en las librerías; tal vez para evitar que su contenido evidencie la ideología real del fundador, sobre la que se sustenta el Partido Nacionalista Vasco. A lo largo de unas ocho páginas, el autor reproduce párrafos demoledores de Sabino Arana: en ellos reinventa la historia transformando pequeñas escaramuzas en gloriosas batallas medievales, se posiciona en contra de la Diputación Navarra al apoyar ésta con dinero la lucha española en Cuba, se distancia del carlismo por considerarlo movimiento español, ignora la estrecha relación de Vizcaya con Castilla (sólo estuvo vinculada a Navarra durante 58 años en total), manifiesta un feroz desprecio por los alaveses, etc. A continuación estudia muy detenidamente el papel de Arzallus en la génesis de la Constitución española y las tendencias internas del PNV de entonces, sus problemas con Carlos Garaicoechea, su control del partido desde la presidencia del EBB, sus famosos excesos verbales y las polémicas que protagoniza.
El segundo capítulo reflexiona en torno al conflicto. Jaime Ignacio del Burgo reúne en estas páginas una serie de pensamientos en torno a la guerra civil, el papel del nacionalismo moderado y sus relaciones con ETA, la violencia de esa organización y las reacciones que ha provocado en el PNV. En las inevitables referencias históricas, recuerda que el PNV de Navarra, al inicio de la guerra civil, se adhirió al alzamiento por su ideología católica y fuerista. Otro episodio histórico que recuerda es la aceptación del Convenio de Vergara por parte de los batallones carlistas guipuzcoanos y vizcaínos, frente a la oposición de los navarros que lo sufrieron con fusilamientos. Nos recuerda también que buena parte de la oficialidad del ejército de la regente María Cristina era vasca y que muchos navarros ilustres eran liberales. En definitiva: la primera guerra carlista también enfrentó a navarros y vascos entre sí, como consecuencia de su condición de españoles. A raíz de ese enfrentamiento fue suprimido el régimen foral vasco, en parte por la intransigencia de los propios vascos. Por el contrario, el régimen foral navarro sobrevivió: mediante realistas negociaciones y fórmulas jurídicas cuyo fruto fue la ley paccionada de 16 de agosto de 1841. Pese a todo, en 1877, a las Vascongadas se les otorgaron los Conciertos Económicos de la mano de Cánovas. Destaca, por otra parte, el nacimiento de la sociedad “euskara” cuya intención era crear puentes con los vecinos vascos. Habla, también, de la conversión del navarro Arturo Campión al nacionalismo vasco. Es interesante recordar, por otra parte, que en 1871 la Diputación navarra consiguió que el proyecto de Constitución federal de la I República reconociera a Navarra como un estado específico distinto del formado por las Vascongadas. Estudia, también las diversas vicisitudes estatutarias de la II República, en particular el proyecto de Estatuto elaborado en Estella por la Sociedad de Estudios Vascos que Navarra no aceptó. La guerra civil, el franquismo, la Constitución y la constante ratificación en este complejo periplo histórico de una evidente voluntad de la mayoría de los navarros por su autonomía, pese a las maniobras y continuas presiones de nacionalistas vascos de todas las tendencias, son otros aspectos contemplados en este capítulo. También dedica un espacio a la Navarra de Ultrapuertos (la Baja Navarra), que durante 300 años formó parte de Navarra. Todo ese territorio, al que los nacionalistas llaman Iparralde, es claramente partidario de la permanencia en Francia. Es en este capítulo, largo y denso, donde nos recuerda el documento elaborado en 1986 por la Comisión Internacional sobre la violencia en el País Vasco, contratada por el propio Gobierno  Vasco y cuyas recomendaciones  señalaban el respeto al Estatuto, el rechazo de la violencia etarra con rotundidad, las ventajas del bilingüismo, etc.
El vascuence ¿idioma tradicional o caballo de Troya?, es el capítulo que dedica el autor a reflexionar en torno a la situación pasada y presente del euskera. Tiene especial interés al recordar la realidad histórica del pueblo vasco. Cuando llegan los romanos, los vascones ocupaban un territorio parecido al de la actual Navarra. Las provincias vascongadas, por entonces, estaban pobladas por várdulos, caristios y autrigones, pueblos de estirpe celta, que fueron “vasconizados” por los navarros en torno al siglo V y VI de nuestra era. Lo demás son hipótesis y mitos. El territorio vascón estaba adscrito al “convento jurídico” de Zaragoza, mientras que los otros citados dependían del de Clunia (Burgos): eran pueblos distintos, por lo tanto. Todos los testimonios indican que los vascones se acomodaron a la realidad del imperio, lo que explica la presencia de vascones en diversas legiones por toda la geografía romana, los numerosos hallazgos arqueológicos romanos en Navarra y la ausencia de guerras entre unos y otros. Otra novedad fundamental que acaece al término del imperio romano es la irrupción del cristianismo en Navarra. Con la invasión visigoda, los vascones se desplazan hacia el norte, “colonizando” a esas tribus celtas. Tudela fue musulmana durante 400 años, más tiempo que Toledo. Para defender al cristianismo se alza el reino de Pamplona, que dos siglos después pasa a llamarse de Navarra. Se trataba de una realidad plural integrada por pobladores navarros (vascoparlantes o no) y no navarros (no vascoparlantes). Así, el euskera no fue en ningún momento de esta época el idioma común de los navarros. Nos recuerda el autor, más adelante, que las famosas Glosas Emilianenses, primera manifestación del castellano, se redactaron cuando ese territorio riojano formaba parte de Navarra, de ahí que Menéndez Pidal concluyera que el monje autor de las mismas era navarro. Ese romance navarro es el idioma en el que se escribe el Fuero General (siglo XIII), adoptando el romance como lengua oficial 50 años antes que Castilla. De hecho, el romance navarro, el castellano y el aragonés, según las últimas investigaciones lingüísticas, eran la misma cosa. Años antes, la gesta de Roncesvalles había sido protagonizada por navarros, estando ausentes en ella los vascongados. Y pronto tanto Alava, como Vizcaya y Guipúzcoa pasaron a la obediencia castellana por propia voluntad y sin apenas resistencia. También estudia el papel político atribuido al euskera por uno de los ideólogos que más ha influido en ETA: Federico Kruzwig.
Reflexiona, por otra parte, en torno a los esfuerzos realizados en la “normalización” y ”recuperación” del euskera y sus ambigüedades. Rechaza que el euskera haya sido perseguido por romanos, castellanos, incluso, en el franquismo: es en los años 60 del pasado siglo XX cuando se crean numerosas ikastolas para estudiar en euskera. No hay que confundir, por tanto, represión del euskera con represión del nacionalismo vasco. En definitiva, el euskera es fundamental parta la construcción de la conciencia nacional de Euskal Herria. Ejemplifica lo absurdo de los planteamientos nacionalistas al respecto: así, cuando se llega a euskerizar históricos términos castellanos o franceses porque “suenan a euskera”. Por último, estudia la Ley Foral de 1986 sobre el vascuence.
El capítulo titulado la ofensiva nacionalista es un completo repaso a las maniobras de todo tipo realizadas, por los nacionalistas vascos, frente a la inequívoca voluntad de la inmensa mayoría de navarros por el autogobierno, refrendado en múltiples elecciones y en los diversos resultados electorales. Tales esfuerzos contrastan con la casi nula presencia de EA y PNV en Navarra, siendo más numerosa la de HB. Denuncia en estas páginas la nueva ofensiva nacionalista desatada a partir del Pacto de Lizarra. Defiende el Pacto de Reintegración y Amejoramiento del Régimen Foral de Navarra de 1982. Denuncia la falta de respeto a Navarra desde el Gobierno Vasco. Frente a ello, el informe de la Real Academia de la Historia de junio de 2000 es una buena base para el reforzamiento de la conciencia histórica de Navarra mediante una correcta enseñanza de la historia real.
La rebelión de los demócratas, quinto capítulo del libro, repasa la historia reciente del país Vasco y sus protagonistas, todo ello condicionado por la extrema violencia de ETA y la ambigüedad de los “moderados”: la destrucción de UCD, la consolidación del PP, la evolución de HB, PNV y EA hasta llegar a Estella y la Asamblea de Municipios Vascos, los conceptos de territorialidad y soberanía, y el llamado ámbito vasco de decisión. La ruptura de la llamada “tregua” y la feroz ofensiva del verano del 2000 ha devuelto la unidad de los demócratas, reflexiona, frente el progresivo aislamiento del PNV. Por último, el autor realiza algunas consideraciones en torno al papel de la Ertzaintza en la lucha antiterrorista, la kale borroka, las reformas penales en marcha, el pago del impuesto revolucionario, etc.
Y, por último, el ocaso de los falsarios. Parte de la manifestación de 100.000 vascos realizada en San Sebastián el 23 de septiembre de 2000 bajo el lema de la plataforma ¡Basta ya! Nos recuerda que en Navarra sí se votó afirmativamente a la Constitución, dato que ocultan los nacionalistas. Reflexiona en torno al Estatuto, el respeto a las mayorías, las vías legales para la autodeterminación, el rechazo de la violencia, el papel de UPN, del Foro de Ermua, de Gesto por la Paz y el posible papel de un lendakari popular.
           
La reincorporación de Navarra a España.
El apéndice final del libro, a modo de adenda histórica, cierra el texto: en donde se habla de la muerte o de la resurrección de Navarra, según se mire.
Con una extensión de nada menos que 40 páginas, lo dedica a las complejas circunstancias históricas que rodearon la incorporación de Navarra a España –o reincorporación según se considere- de la mano de Fernando el Católico. Nos proporciona mucho información referente a los problemas sucesorios, los pactos dinásticos, las fuerzas presentes en el panorama de la Navarra del momento, las luchas intestinas entre agramonteses y beaumonteses, etc. Resulta complicado, pero evidencia que también en torno a estos hechos los falsarios de la historia han tejido su particular modo de interpretar la realidad.
En el desarrollo de las citadas tesis, es evidente la influencia del pensador tradicionalista navarro Víctor Pradera (rescatado del olvido por el profesor José Luis Orella Martínez, con su reciente obra Víctor Pradera; un católico en la vida pública de principios de siglo. BAC, Madrid 2000) y, en concreto, de su obra Fernando el Católico y los falsarios de la historia.
Nacionalistas vascos, ciertos tradicionalistas jaimistas navarros y algunos historiadores, se han identificado con una interpretación simpatizante de la causa agramontesa, como si esa facción encarnara en su día la identidad navarra. Ello todavía se refleja hoy en un sentimiento anticastellano, incluso antiespañol, de cierta indiferencia en muchos casos, de algunos navarristas. Sin duda, esa mentalidad es caldo de cultivo del nacionalismo vasco. Fernando el Católico es reivindicado por Víctor Pradera y, en esta línea, Jaime Ignacio del Burgo expone esa adenda histórica de indudable interés. Desde esta perspectiva, la incorporación de Navarra a España fue legítima, tanto legal, como moralmente.

 

Comentarios finales.
Especialmente en las primeras páginas, el libro engancha, proporcionando un torrente de datos desmitificadores del nacionalismo vasco y de su fundador Sabino Arana. Poco a poco, el libro pierde ese inicial carácter histórico, para entrar de lleno en la polémica política actual, lo que le llega afectar al estilo, recurriendo a largos párrafos en los que encadena numerosas ideas.
Pero, pese a ello, sobre todo para los no navarros, proporciona un arsenal de datos y argumentos que desmitifican los lugares comunes presentados desde la ofensiva nacionalista a todos los niveles: históricos, culturales, políticos.
También para los navarros, en muchos casos ignorantes de su propia historia, será oportunidad para tomar conciencia de su tradición cultural.
Sin embargo, echamos de menos un espacio dedicado al papel –esencial- del cristianismo en la configuración de Navarra.
Sin el cristianismo, la Navarra pasada y presente no puede entenderse. La tradición cultural e histórica de Navarra parte de la realidad del cristianismo, que generó un pueblo, una realidad viva y una creatividad a todos los niveles, que todavía hoy produce frutos indudables.
Por otra parte, el autor, reconociéndole una indudable valentía al afirmar, por ejemplo, que el franquismo no persiguió al euskera y a la cultura vasca (afirmación políticamente incorrecta), no desarrolla el mismo sentido crítico ante otros aspectos de la realidad política y cultural actual. El actual estado del bienestar, del que Navarra hace gala, tan contradictorio con la tradición cristiana, no puede ser el modelo de sociedad para un heredero consciente de esa tradición cultural e histórica sobre la que se asienta.

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 42, febrero de 2001
Reproducido en pagina.de/agli,
 web de la Asociación Gallega para la Libertad de Idioma.
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