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Crónicas navarras de Fernando José Vaquero Oroquieta

¿Acción política o presencia social? Falso dilema de los católicos españoles.

     El debate producido en algunos ambientes católicos sobre la “crisis” existente con el Partido Popular, puede resumirse en una pregunta: ¿acción política o presencia social?

 

Introducción.
            El debate producido entre los católicos españoles acerca de las relaciones existentes con el Partido Popular, definidas por la palabra “crisis”, ha suscitado diversos posicionamientos.
            Varias han sido las respuestas y alternativas aportadas: la creación de un partido político católico para defensa de los grandes valores, refugiarse en la acción social, continuar como hasta ahora, reforzar la cultura católica y el sentido de pertenencia eclesial, la creación de Escuelas formativas de futuros líderes católicos.
            Poco a poco, el debate se ha ido difuminando, eclipsado, además, por la colosal embestida anticatólica sufrida con ocasión de la polémica desatada en torno a la posición ante el pacto antiterrorista de la Conferencia Episcopal española.
            Pero, pensamos, no por ello vamos a dejar de reflexionar en torno a algunos aspectos relacionados con la polémica que no deben obviarse.

 

¿Existe un pueblo católico?
            En artículos anteriores, de esta publicación digital, considerábamos que la existencia de unos políticos católicos no puede desligarse de la realidad del pueblo al que pertenecen. Consecuencia de ello era considerar que la “crisis” sufrida por estos políticos es expresión de la padecida por ese mismo pueblo.
Las estadísticas nos confirman la existencia de esa crisis, hasta el punto de que difícilmente es reconocible un pueblo católico.
            Saquemos a relucir algunos datos correspondientes al estudio “Jóvenes españoles 99”. Así, la práctica semanal de los jóvenes españoles se sitúa en torno al 12%, 8 puntos menos que en 1984, estando previsto que en 3 años baje a un 10%. La asistencia ocasional (determinadas festividades) se mantiene con dificultades. Las diferencias entre chicas y chicos tiende a disminuir. La práctica regular es mayor entre los universitarios de 2º y 3º ciclos que entre bachilleres, estudiantes de Formación Profesional y universitarios de 1º ciclo. El 65% de los jóvenes entre 18 y 24 años decían creer en Dios en 1995, seis puntos menos que 10 años antes. Un 24% cree en la resurrección de los muertos y un 27% en la reencarnación (¡!). La expresión central del dogma cristiano “Dios existe y se ha dado a conocer en la persona de Jesucristo” recogía, en 1994, el acuerdo del 70% de los jóvenes españoles y en 1999 bajó hasta el 60%. Especialmente significativo es el dato que indica que no llegan al 3% los jóvenes españoles que señalan a la Iglesia como uno de los espacios donde se dicen las cosas más importantes para orientarse en la vida. Esa pregunta, dentro del grupo de “practicantes”, sólo alcanza al 10%. En resumen, señala el articulista de la revista “Mensajero del Corazón de Jesús” (marzo de 2001), editada en Bilbao por la Compañía de Jesús, “la socialización religiosa de los jóvenes españoles se encuentra en plena crisis. Fallan la transmisión familiar de creencias y valores religiosos y el prestigio y valor de la religión en una sociedad secularizada y en una familia igualmente secularizada”.
            El diagnóstico parece catastrofista, pero, para reflexionar con seriedad sobre estos temas, tenemos que preguntarnos: ¿esto es así realmente? ¿qué pasa en otros países del entorno? ¿España es una excepción?
“ (…) La Iglesia tiene los medios y los instrumentos, pero ya no tiene al pueblo. Un querido párroco bresciano confesaba recientemente con asombro que, tras un examen puntual sobre la asistencia durante los días de fiesta en su parroquia, que tiene la fama de ser una de las más afortunadas, había notado con sorpresa que a la misa del domingo sólo iba el 14%. Y un joven sacerdote con diez años de misas, inteligente y muy entregado a la actividad pastoral comentaba, hojeando un manual para reuniones litúrgicas, de formación y catequesis, que los manuales están cada vez mejor hechos pero no sabemos a quién dárselos porque la gente no viene a nuestras reuniones. La Iglesia ha pasado por épocas (y no pensamos en las persecuciones de la Roma imperial) en que las autoridades institucionales políticas y sociales la combatían, y disponía de pocos medios e instrumentos. Pero el pueblo estaba de su parte. Además de la gracia de Dios. Hoy todas las autoridades estiman a la Iglesia: no hay un pueblo ni ciudad donde el nuevo párroco no sea recibido, en primer lugar por el saludo del alcalde. Pero ya no hay pueblo cristiano. Hoy sucede que el público se presenta en ciertos momentos, al igual que en otros, delante de la televisión, hace subir la audiencia. (…) La Iglesia en estos últimos años dispone, además de la prensa, de radios, televisiones, Internet. Pero ¿dónde están los usuarios?”. El texto anterior corresponde a unas reflexiones de Gabriele Filippini en la editorial del semanario de la diócesis de Brescia (3 de noviembre de 2000). Nosotros hemos extraído esos párrafos de la revista “30 días en la Iglesia y en el mundo”, número 11 de 2000.
El panorama descrito en esas líneas bien podría aplicarse a España: la Iglesia se asemejaría, poco a poco, a una estructura vacía, sin un pueblo detrás.

 

Un artículo de José Luis Restán.
            En el artículo “Católicos y PP: razones y sinrazones de una frustración creciente” de este gran comentarista de temas religiosos de COPE, que figura en la edición de febrero de 2001 de la publicación digital paginasparaelmes.com, versión en internet del mensual del mismo nombre de la Asociación Cultural Charles Péguy, el autor vierte varios juicios interesantes. Mencionaremos, sin ser exhaustivos, alguno. Es ilusorio pretender, opina, que el Partido Popular desarrolle una política católica, cuando en este partido confluyen otras identidades políticas e ideológicas. Son imprescindibles –cuestión de vida o muerte, afirma- espacios de libertad en los que la creatividad católica se concrete en obras educativas, sociales, culturales y sanitarias; lo que podría generar un pueblo que un día proporcione un espaldarazo sociológico a los políticos católicos. También opina que los católicos españoles, a través de sus políticos, evidencian una falta de conciencia de pertenencia eclesial y una debilidad cultural católica, alejados de los retos de la nueva evangelización.
            En otra ocasión, en ”La linterna de la Iglesia”, a primeros de marzo, este periodista comentaba que “todavía existe la sensación en algunos ambientes de que España sigue siendo católica, como si sólo con soplar sobre las brasas fuera suficiente para que rebrotara con fuerza el catolicismo de este pueblo. Nada más alejado de la realidad”.
            Estas afirmaciones anteriores deben ser objeto de reflexión, más cuando proceden de una persona con una información muy precisa sobre las diversas realidades de la Iglesia española.
            Tales consideraciones son, además, un diagnóstico sencillo pero realista del panorama católico español, a la vez que proporcionan algunas “pistas” que señalan el trabajo a desempeñar en el presente y futuro.

 

La crisis suscitada por el pacto antiterrorista.
            Hemos mencionado, en otro apartado de este mismo artículo, a la crisis desatada con ocasión de las críticas realizadas a los obispos españoles con la excusa de su postura ante el “Acuerdo por las Libertades y contra el Terrorismo”.
            José Luis Restán, en un nuevo artículo titulado “El precio del escándalo” aparecido en la edición de marzo del citado medio digital madrileño, ha reflexionado al respecto con una profundidad que no hemos encontrado en ningún otro medio. Nos remitimos al mismo para comprender perfectamente el fondo y las circunstancias en que el debate se ha producido.
            Nosotros realizaremos, aquí, algunas reflexiones en lo que respecta al tema que tratamos.
            Dicha campaña político-mediática ha sido ocasión para el lanzamiento de un tremendo ataque, en toda regla, al papel de la Iglesia en la España de hoy, con la excusa de la petición de un posicionamiento partidista. Incluso, podríamos pensar, que ha sido la ocasión esperada por algunos de los estrategas del Partido Popular para marcar distancias con la Iglesia y así poder avanzar sin trabas hacia los espacios sociológicos del centro reformista, granero electoral en el que se juegan las elecciones políticas españolas.
            En cualquier caso, la crisis evidencia que el anticatolicismo pervive en sectores importantes de la sociedad española, para los que el espacio que debe concederse a la Iglesia es el correspondiente a las sacristías y a las obras de caridad no asumidas por las laicas ONGs. Esto no es una novedad, pero, a la contra, indica el camino a seguir por la Iglesia española: la presencia social reconocible en obras concretas que permitan el encuentro personal con las personas como medio privilegiado de misión en la España de nuestros días.

 

Un falso dilema.
            En este debate, relativo a la acción política de los católicos españoles, se corre un riesgo: eludir los problemas reales de nuestra Iglesia, olvidando la misión esencial de la misma. Incluso puede, ante la falta de vigor misionero, que con esa actitud busquemos evadirnos de la realidad en pos de proyectos ilusorios. No afirmamos que sea esta actitud la predominante, pero es un riesgo que hay que tener en cuenta.
Por todo ello, a la pregunta que preside el escrito podríamos responder con la afirmación de una necesidad imperiosa: ¡nueva evangelización!
            La labor misionera requiere obras concretas. No se trata de un activismo sin objeto. Al contrario. Esas obras (colegios, hospitales, universidades, medios de comunicación, asociaciones de todo tipo) deben ser fieles al carisma que les inspiró en su creación; de modo que constituyan ocasión para que los españoles tengan oportunidad de encontrarse con otros compatriotas portadores de un atractivo que les viene dado por Otro.
Ello no excluye una labor de los católicos que trabajan también en el mundo de la política. Pensamos que esa labor es muy importante. Pero no puede entenderse esa presencia en la política al margen de ese pueblo cristiano que se empieza a rehacer.
La mayor o menor conciencia de pertenencia al cuerpo eclesial, en palabras del citado autor, y la incierta fortaleza cultural de los católicos españoles expresada en criterios operativos concretos, son claros indicadores de la real salud misionera de la Iglesia española de hoy.

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 43, marzo de 2001
Reproducido en Ahora Información, Nº 51, mayo – junio de 2001

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