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Crónicas navarras de Fernando José Vaquero Oroquieta

Entrevistamos a Carla Diez de Rivera: una mirada de mujer al mundo, desde el interior de los Congresos “Católicos y Vida Pública”.

Conversamos con Carla Diez de Rivera, pilar sobre el que descansa, año tras año, el éxito de los Congresos “Católicos y Vida Pública”; un hito fundamental del actual catolicismo social español.

 
Hemos tenido la oportunidad de entrevistar a Carla Diez de Rivera y Pérez de Herrasti, artífice, en su calidad de coordinadora, del éxito anual de los Congresos “Católicos y Vida Pública”; hito fundamental del moderno catolicismo social español. Pretendemos, de esta manera, conocer algunos de sus puntos de vista sobre la realidad desde su privilegiado observatorio. Además, es licenciada en Derecho por la Universidad Complutense de Madrid, Directora del Servicio de Actividades Culturales, y Profesora de Gestión Cultural en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la comunicación de la Universidad San Pablo-CEU de Madrid.

 

 

Pregunta: La sociedad española, siguiendo una tendencia planetaria avalada por buena parte de medios de comunicación, por el poder político e, incluso, por los recursos educativos, hace propio socialmente el modelo existencial relativista-consumista. Frente a este histórico y dramático cambio, ¿puede la Iglesia católica ser una alternativa real y operativa, a través de obras concretas proponiendo un estilo sugestivo de vida, o debe replegarse a su esfera más íntima?

 

Respuesta: Lo que verdaderamente produce un cambio es el encuentro personal con Cristo, que transforma la vida entera de la persona. Ese encuentro va transformando nuestro ámbito vital: nuestra familia, nuestro trabajo, transforma nuestro ser, toda nuestra vida; y a través de nosotros, nuestros amigos, etc... Desde esa conversión interior, tiene que surgir una luz que atraiga a todo el que nos rodea. Todos y cada uno de nosotros formamos la  Iglesia; esta  será lo que cada uno haga que sea. Seremos capaces de proponer un estilo sugestivo de vida si vivimos de forma creativa, propositiva, comprometida,  como hombres recios, fuertes y espirituales, con el alma arraigada en Dios Padre.

 

 

P.: El desarrollo de los Congresos anuales “Católicos y Vida Pública”, imprescindible iniciativa de la rejuvenecida Asociación Católica de Propagandistas, constituye una de las grandes novedades del catolicismo social español de los últimos años. ¿Cuáles fueron las razones que impulsaron a sus fundadores para lanzar esta iniciativa?, ¿siguen vigentes?

 

R.: El Congreso buscaba en origen, y sigue buscando, dos objetivos:

Por un lado, hacernos caer en la cuenta a los católicos que nuestra vida es una sola, y no podemos vivir en la esquizofrenia pretendiendo que la fe se reduce al ámbito de lo privado. La fe lo informa todo; tenemos que vivir de forma coherente en todos los ámbitos de la vida. El congreso nos recuerda anualmente que tenemos un compromiso con la sociedad, que debemos buscar el bien común, y que tenemos un compromiso para defender la dignidad de la persona humana.

En segundo lugar, el congreso propone a los católicos un lugar de encuentro que nos ayude a conocernos, querernos y eliminar prejuicios, a entendernos y favorecer líneas de actuación conjuntas. Esto no supone un intento de homogeneizar, o uniformar al católico español sino de ayudarle a descubrir al hermano.

 

Estos dos objetivos están hoy en día más vigentes que nunca.

 

 

P.: La presencia pública católica en España, durante buena parte del pasado siglo XX, estaba impulsada expresamente por la Jerarquía, apoyándose para ello en la Acción Católica y la ACNP. Hoy somos testigos de la desaparición de esa  concreta modalidad de acción pública, acompañada de la pérdida de vigor de algunas organizaciones tradicionales, así como por la aparición de nuevos movimientos eclesiales. En esas entidades, el interés por la presencia pública es muy diverso, aunque –creemos- predomina una cierta tendencia hacia el “recogimiento” interno. ¿Es deseable buscar fórmulas de cooperación, e incluso la “unidad de acción”, entre los católicos españoles, pese a la variedad de carismas e itinerarios pedagógicos?, los Congresos “Católicos y Vida Pública”, encontrándose en fase muy avanzada de preparación su VIª convocatoria, ¿son un instrumento útil en ese sentido?

 

R.: Entre los católicos existen varias modalidades:

Existen estupendos cristianos que cómodamente se dedican a hacer real aquella frase de “mi casa, mi misa, mi Mª Luisa”, a los sólo que les preocupa su ámbito más inmediato.

Otros viven de forma muy viva su compromiso con un movimiento de renovación, su parroquia, o la realidad eclesial a la que pertenezcan. Ese mismo compromiso les llena su vida entera, absorbe todo su tiempo y es normal que lo vivan de forma plena.

 

Es bueno y necesario, beber espiritualmente de una fuente, tener una comunidad con la que vivir tu fe, que te ampare y cobije. Pero es igualmente sano y necesario sacar, de vez en cuando, la cabeza, otear el horizonte, salir de nosotros mismos, y conocer a otros que están haciendo cosas buenas, parecidas o distintas de las nuestras, ayudarnos y apoyarnos. Por suerte tenemos una gran riqueza y diversidad de carismas y vocaciones florecientes en la Iglesia, con acentos muy diversos, pedagogías distintas, actuando en los ámbitos más variados, que integran a personas muy distintas; sólo tenemos que aprender a hacer cosas juntos, aportando cada uno nuestra originalidad y sin dejar de ser nosotros mismos.

 

El Congreso no pretende homogeneizar, ni normalizar a los católicos. Simplemente busca crear espacios de libertad, dónde las cosas son posibles, ayudarnos a descubrir a los otros. La cooperación no hay que forzarla, va saliendo sola, en cuanto entramos a trabajar en ámbitos concretos y nos acordamos de aquél tipo estupendo con el que estuvimos en el pasado “Católicos y vida pública”, le llamamos “para pedirle si sería posible....”.

 

 

P.: ¿Cuál es la salud de los Congresos en la actualidad?, ¿no se corre el riesgo de que sean expresión, fundamentalmente, de la vida y creatividad de la Iglesia madrileña?

 

R.: Hoy en día, la salud del congreso es buena. El reto está en ir adquiriendo madurez, sin perder frescura. En el V congreso el 48,14 % de los congresistas era de fuera de Madrid. Por otra parte, este año, vamos a tener una pequeña torre de Babel entre los ponentes, pues un gran número de ellos viene de países de Europa Occidental, y Oriental, además de  hispanoamericanos. Los milagros de la traducción simultánea Central harán de ello un nuevo Pentecostés. Esto nos va a aportar aire fresco.

 

 

P.: Una rápida valoración de la evolución de los Congresos. ¿Se constatan, en cada convocatoria, nuevas incorporaciones y aportaciones?

 

R.: Los congresos generan vida. Año a año van sumándose personas interesadas en el nuevo tema a tratar, que luego vuelven en convocatorias posteriores. Se comprueba una fidelización de los asistentes al congreso, un aumento de las personas que vienen de fuera de Madrid y variedad en el tipo de personas interesadas. Cada año descubrimos nuevas personas con un compromiso sólido que están realizando labores, a veces calladas y ocultas,  muy importantes. Todo ello es motivo de esperanza, pues nos da idea de la gran riqueza que tenemos.

 

 

P.: Existe en España un clima de acoso a toda expresión pública de la Iglesia desde determinados medios políticos y de comunicación, lo que parece acentuarse con un PSOE triunfante. ¿Cuáles son las raíces, a su juicio, de estas constantes muestras de anticatolicismo militante?, ¿es posible intentar, desde las universidades católicas, y desde los Congresos “Católicos y vida Pública” particularmente, un diálogo constructivo con el laicismo actual?

 

R.: Con la caída del muro de Berlín, la izquierda perdió su modelo económico pues se demostró que este no era viable. El PSOE tampoco abandera hoy en día la lucha por lo social. Hoy en día no parecen tener más bandera que la eliminación de nuestro ordenamiento jurídico, y en general de la vida pública de cualquier vestigio de valores cristianos o familiares. El católico que vive su fe de forma coherente, defenderá el bien común y la dignidad del hombre en los más diversos ámbitos, y en este ambiente de dirigismo ideológico y cultural no resulta cómodo porque es libre e independiente y no se deja domesticar. El problema es que cuando se deja de lado a  Dios, se acaba matando al propio  hombre.

 

El diálogo siempre es posible cuando las partes pueden hablar y existe voluntad de escuchar y enriquecerse con la otra persona. El diálogo es posible si existe libertad: libertad de pensamiento, libertad de creación, libertad de expresión, libertad de asociación, libertad de educación, libertad para pura y simplemente existir. Por diálogo no podemos entender hablar a partir de unas premisas preestablecidas, inamovibles, que no se pueden cuestionar.

 

 

P.: ¿Se repetirá, en el futuro, la experiencia del “Congreso de los niños?

 

R.: El congreso de los niños fue una gozosa realidad de la que ya no podemos prescindir. El éxito fue rotundo y los propios niños, amén de los padres, lo piden. Costó mucho montarlo, pues había que llevar los mismos contenidos del Congreso al congresista infantil a través de actividades propias de su edad: Guiñol, teatro, marionetas, cuentos, canciones, disfraces, juegos..., tuvieron hasta su propia Misa. Este año habrá que ver cómo traducimos y les hacemos llegar la “memoria de Europa”, “Laicidad y libertad”, “Europa y su misión en el mundo”, “Comunidad de valores y orden jurídico”, “Esperanza y futuro de Europa”, con todas las subdivisiones de las mesas redondas, esto sí que va a ser un reto.

 

 

P.: La Iglesia promueve universidades, publicaciones de todo tipo, emisoras de radio y TV, colegios, hospitales… Pero, ¿existe un pueblo católico que les proporcione, a las mencionadas expresiones, un rostro concreto como posibilidad de encuentro personal y misión ante el mundo? En otras palabras, ¿no se corre el riesgo de que pueda llegar a perderse, en algún caso, la conciencia de su finalidad evangelizadora?

 

R.: No hay que hablar en abstracto, la Iglesia hará lo que cada uno de nosotros hagamos, las obras serán lo que cada uno de nosotros hagamos que sean. ¿Evangelizo yo con mi comportamiento, con la forma de dar las clases, de organizar un congreso, de dar una noticia, de curar un enfermo o dirigir una empresa?, ¿transformo la realidad que me circunda?

 

 

P.: Puede parecer un tópico, pero casi es una pregunta obligada. En el desempeño de su complejo trabajo, ¿es, Carla Diez de Rivera, una mujer aislada en un mundo de hombres?

 

R.: La verdadera mujer tiende a “feminizar” el mundo que le es propio; a vincular a las personas, crear lazos, establecer relaciones. Los hombres en el trabajo necesitan cerca una mujer, que lo humanice y les vincule, siendo una excelente profesional. No, no soy una mujer aislada en un mundo de hombres. El ambiente laboral es reflejo de quien lo crea.

 

 

P.: A la mujer de hoy se le pide ser trabajadora también fuera del hogar, que cuide con mimo su imagen, ser una madre moderna, anfitriona modelo, experta amante… Y, en muchos casos, afirman ser el “sexo fuerte” y el inicio de una revolución histórica. Esta mujer, ¿puede encontrar su sitio en la Iglesia? En algunos medios eclesiales, como respuesta, se habla incluso de un “nuevo feminismo”. La Iglesia, en este contexto, ¿proporciona respuestas adecuadas al desasosiego existencial de la mujer del siglo XXI?

 

R.: La mujer el feminismo radical pretendió hacerla igual que el hombre, perdiendo toda su feminidad, con lo que hoy nos encontramos con una mujer masculinizada que del siglo XXI no tiene ningún desasosiego existencial. El problema es que no sabe cuál es su esencia, originalidad y riqueza. Hoy en día no se le permite determinar libremente si quiere o no realizar labores profesionales fuera de casa, como si al no producir no rentara; no se reconoce el valiosísimo papel de la madre que se queda en casa a educar y cuidar de los suyos; hoy en día no se le permite a la mujer trabajadora compatibilizar su actividad profesional con sus deberes familiares; hoy en día ni siquiera cobra el mismo sueldo que un varón por el mismo trabajo. Esas son batallas todavía por librar.

 

Pero nadie ha defendido tanto la dignidad de la mujer como la Iglesia, ¿han leído ustedes la “Mulieris Dignitatem”? La mujer en la Iglesia aporta su más pura esencia, otra cosa es que el feminismo radical se les haya colado a algunas por entre las entretelas. Yo me siento acogida, cobijada, amparada valorada por los miembros de la Iglesia, que me apoyan, ayudan y alientan en esta difícil misión.

 

 

P.: La experiencia de los Congresos, personalmente, ¿le ha enriquecido?

 

R.: Lo más maravilloso de los congresos es la gente tan estupenda que conoces; sentir una corriente de oración que los sostiene, el compromiso de tantas personas que apoyan incondicionalmente, vivir la fraternidad, saberte Iglesia, sentirte sostenida por los demás cuando flaqueas… Lo peor, es que hacer familia cuesta, que hay que diluirse, que no se pueden llevar cuentas.  Para mí son una gran riqueza que me acompañará toda la vida.

 

 

P.: Una última pregunta, de carácter personal que, creemos, puede ser de interés para nuestros lectores. No es fácil mantenerse, hoy, fiel a la propuesta de la Iglesia sin apoyos concretos. ¿Dónde radica la fuerza espiritual y vital de Carla Diez de Rivera?

 

R.: Aunque parezca una contradicción, mi fuerza radica en mi propia debilidad. Al ser consciente de ella, busco arraigarme sólidamente en roca firme, que me sostenga en tribulaciones y tormentas. Creo y confío ciegamente en la providencia de Dios Padre; en la Maternidad de María que me ampara, me sostiene, me ayuda a crecer  y me da fuerzas para enfrentarme a la misión de cada día; creo ciegamente en el Cristo crucificado que hace suyo mi dolor, en el Cristo resucitado que hace el camino conmigo; y en el Espíritu al que le pido que me ilumine. Como ven voy amparada, flanqueada, para  superar el miedo, levantarme en la caída, continuar el camino, levantar la vista del suelo, vencer el cansancio  y no perder la ilusión.

 

Mi fuerza vital radica en mi familia. Mis Fernando, mi marido y mi hijo de cuatro años, son el mejor regalo del cielo. Son fuertes, recios, fieles, espirituales, cariñosos; me apoyan incondicionalmente y suplen todas mis carencias con humor. De mi madre y mi padre aprendí la vocación de servicio, el espíritu de sacrificio y la entrega hasta el final; son un consejo, un respaldo sólido y  seguro; cubren todas mis ausencias, aceptan mis carencias, me impulsan y animan, me quieren como soy. Mis hermanos, suegra, cuñados, siempre están ahí cuando hace falta un favor, una gestión, una palabra de aliento, un empujón... Y qué decir de los amigos que te siguen queriendo, llamando y ocupándose de ti aunque no tengas tiempo para nada. Sin todos ellos, nada sería posible.

 

Tengo una oración que rezo todos los días y  dice así:

 

“En tu poder y en tu bondad fundo mi vida,

en ellos espero confiando como niño,

Madre admirable, en ti y en tu hijo,

en toda circunstancia,

Creo y confío ciegamente”. Amén.

 

Muchas gracias.

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 83 – 83, julio – agosto de 2004

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